GEOGRAFÍAS VIGILADAS

Recuerdos de un viaje que no hice

Laura Santana

En el corazón de nuestras ciudades contemporáneas, millones de turistas deambulan siguiendo rutas preestablecidas, capturando imágenes idénticas de monumentos universalmente reconocibles. El viaje, ese antiguo ritual de transformación y encuentro con lo otro, ha mutado en un ejercicio de confirmación: el mundo existe tal como aparece en la pantalla, y sólo si aparece en ella. En este contexto de turistificación global, donde el territorio se convierte en escenografía y la vivencia en producto consumible, Laura Santana propone con esta muestra una exploración crítica sobre la manera en que habitamos —o dejamos de habitar— los espacios en la era de la hiperconectividad.

A partir de derivas virtuales realizadas en Google Earth, la artista recorre el mundo desde una posición inmóvil, sustituyendo el cuerpo por la mirada y la cámara por la captura de pantalla. Este gesto, heredero de las estrategias de la postfotografía, desplaza la noción tradicional de experiencia y cuestiona la autoridad documental de la imagen. Aquí no hay acontecimiento ni instante decisivo, sino una observación prolongada, casi obsesiva, que se instala en el pliegue entre lo físico y lo digital. El método de Santana nos sitúa ante una paradoja fundamental: la posibilidad contemporánea de «conocer» el mundo sin habitarlo, de acumular memoria visual sin desplazamiento corporal, de construir recuerdos de lugares que nunca hemos pisado.

Las imágenes resultantes —periferias urbanas, arquitecturas anónimas, paisajes residuales, sujetos sorprendidos o censurados por el propio sistema— evidencian una forma de vigilancia difusa, omnipresente y aparentemente neutral. Santana, por lo tanto, no presenta la mirada satelital como una herramienta objetiva, sino como un dispositivo de poder que organiza el territorio y jerarquiza lo visible. El viaje, lejos de ser una experiencia emancipadora, se revela como un ejercicio de control y apropiación simbólica. La artista, sin embargo, no nos muestra los monumentos icónicos ni los paisajes mil veces reproducidos, sino esos espacios que habitan los márgenes del mapa digital: esquinas olvidadas, rotondas sin nombre, territorios que podrían estar en cualquier parte y en ninguna a la vez. Google Earth no sólo documenta el mundo: lo produce, lo organiza, y decide qué merece ser visto y desde qué ángulo.

El proyecto se materializa a través de tres elementos que trasladan estas reflexiones del espacio virtual al físico. Una gran instalación ocupa el centro de la sala: un puesto ambulante de naranjas reconstruido a escala real. Aquello que nació como imagen incorpórea adquiere gravedad, peso, materialidad. Una serie de capturas de pantalla del viaje virtual funciona como atlas fragmentario de lo ordinario. Y una mirilla permite acceder a la imagen original de la instalación principal, posicionándonos como voyeurs que consumen el mundo desde una distancia segura, sin reciprocidad ni encuentro real.

Santana nos sitúa en posiciones contradictorias simultáneamente: somos observadores furtivos frente a la mirilla y cuerpos que deben negociar con la presencia física de la instalación. Esta tensión es deliberada. La artista agita nuestra capacidad de percepción, nos confunde, y esa confusión replica el desconcierto contemporáneo ante un mundo donde estamos simultáneamente aquí y allá, presentes y ausentes. La hiperconectividad nos promete acceso total pero nos mantiene a distancia. Santana no resuelve esta paradoja: la materializa, nos obliga a habitarla.

El concepto de rizoma, desarrollado por Deleuze y Guattari, opera aquí como estructura conceptual: territorios sin centro, mapas que se ramifican infinitamente. El viaje ya no es una línea de A a B, sino una red donde el desplazamiento físico resulta casi accesorio frente al virtual. Las publicaciones Travel or What? 1 y 2 profundizan en esta lógica fragmentaria. Construidas desde el silencio y la ausencia de relato lineal, cuestionan el estatuto de verdad de las imágenes. Las únicas pistas —coordenadas, nombres de archivo— subrayan la paradoja de un viaje compuesto únicamente por datos.

Geografías vigiladas no se presenta como estructura abierta, donde cada fragmento contiene múltiples relatos posibles. La recuperación de este trabajo —iniciado en los años de formación de la artista— no responde a un gesto nostálgico, sino a la necesidad urgente de pensar cómo las imágenes producen territorio, memoria y experiencia en un mundo donde mirar ya no implica estar.

Esta exposición nos muestra cómo la artista Laura Santana es capaz de articular, desde una práctica que fusiona investigación conceptual y experimentación material, las contradicciones de nuestra época. Su mirada crítica sobre la inflación icónica y las nuevas formas de apropiación simbólica del territorio resulta esencial para comprender no sólo cómo vemos el mundo, sino cómo el mundo se construye a través de esas formas de ver. En un contexto marcado por la mediación tecnológica total, el trabajo de Santana nos recuerda que aún es posible —y necesario— cuestionar las geografías que habitamos, tanto las físicas como las virtuales, tanto las vividas como las imaginadas, tanto las que elegimos visitar como las que el algoritmo nos muestra.

Karla Erauzkin.